ESAS TARDES TAN ENTRAÑABLES…

Hace unos días que el hálito frío del otoño se ha adentrado en la ciudad. Agita con fuerza las hojas secas de los árboles y araña suavemente los rostros de los peatones. Ayer, volví a casa tiritando, con el frío pisándome los talones.  Cuando abrí la puerta, sentí un plácido alivio. Avancé unos pasos a tientas y entré en el comedor. La tenue luz de las farolas de la calle sumía en una penumbra apacible toda la habitación.

Ocurre sin darnos cuenta. Damos la bienvenida a las estaciones tan automáticamente que casi ni nos percatamos. Es un cambio natural, sereno, fútil. Y pasamos de llevar la chaqueta vaquera en la mano a esconder la cara en el cuello del anorak cada vez que salimos a la calle. Volvemos del trabajo, con la brisa glacial pegada al cuerpo, y deseamos impacientemente desplomarnos sobre el sofá,  quitarnos los zapatos, cubrirnos con la manta y liberarnos a cada uno de los placeres invernales.

Nos encanta sentir el olor de palomitas flotando en el ambiente mientras salen los rótulos iniciales de la película. O el reflejo entrecortado del fuego que se proyecta por toda la habitación. Nos gusta sostener el mundo entre las manos, comprimido entre párrafos y capítulos que ansiamos descubrir. Y adoramos las bebidas calientes, los abrazos a la taza con las dos manos mientras respiramos el vaho que emana del té o del chocolate.

Ayer, cuando volví a casa tiritando, di la bienvenida a estas tardes tan entrañables. Me hundí en el sofá con la televisión de fondo y el murmullo de la calle a lo lejos.  Y es que bajo mi manta no cabe el trabajo, no caben los problemas ni el ruido que ensorda la vida. Mi manta está hecha para morir de amor al final de cada día.

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